Los cristianos, algunas veces, nos parecemos a los termómetros; Somos volubles e inestables emocionalmente, subimos o bajamos de acuerdo con la temperatura del medio ambiente.
El Salmo 124 es el que mejor describe la tarea riesgosa del diario vivir de todo discípulo seguidor de Jesucristo y declara la ayuda que se experimenta siempre en manos de Dios. Los que seguimos a Jesucristo no vivimos en una burbuja de protección contra el dolor, el sufrimiento.
Algunas veces vamos al templo con nuestra lista de deseos y se la presentamos al Señor como si él fuera un empleado del supermercado para que nos llene la carreta, pague la cuenta y luego nos lleve todo lo pedido a nuestro automóvil y mejor si lo hace hasta nuestra casa.
Cada persona puede y debe adorar a Dios en su propia casa o donde se encuentre. Sin embargo, hay algo intrínseco en la experiencia de relación con Dios que nos impulsa a congregarnos con otros creyentes, con otras familias de fe para adorar juntos a Dios en el templo.
El Salmo 121 es el vecino que se acerca y nos dice que la forma en que estamos viviendo nuestra vida no es la correcta, y que estamos buscando ayuda en el lugar equivocado. Nos dice con honestidad que debemos dar la vuelta, buscar a Dios y colocarlo a él como el centro de la totalidad de nuestra vida.
Para comenzar de nuevo el arrepentimiento es necesario para seguir a Jesucristo y convertirnos en peregrinos en la senda de la paz y cuyo único objetivo es agradar a Dios.
Dios transformó mi corazón, mi fe y a mi familia a través de ese primer y duro “sí”. En todos estos años he aprendido que Dios rara vez me da un mapa o un GPS para mi próxima misión. Él simplemente me dice que me mueva y espera mi sí.