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El Camino a la promesa
Recuerda cómo el Señor tu Dios te guio por el desierto durante cuarenta años, donde te humilló y te puso a prueba para revelar tu carácter y averiguar si en verdad ibas a obedecer sus mandatos.
Deuteronomio 8:2 (TLA)

Para escuchar
“¡Si sigues este plan, adelgazaras !” Yo quería perder peso y el programa lo hacía parecer tan sencillo. Así que me encantó la promesa pues todo lo que tenía que hacer era seguir un plan. Al final del plan estaría más delgado y saludable. Mi “Tierra Prometida” era poder usar mis trajes de domingo que hacía mucho tiempo estaban guardados, verme más joven y saludable. Así que empecé siguiendo cuidadosamente el plan la primera semana, y vi unos resultados estupendos en la báscula: el número de libras iba descendiendo.
Pero a la semana siguiente, empecé a echar de menos los panes dulces con canela. Así que comí unos dos o tres. La promesa seguía pareciéndome estupenda, pero el plan era más difícil de lo que pensaba. ¿Cómo sería el camino entre la promesa y la Tierra Prometida? Era un desafío, una prueba a mi carácter y el compromiso de seguir el plan al pie de la letra. Mi lucha me recordó una historia de la Biblia sobre el camino que tuvo que recorrer el pueblo de Israel en viaje hacia una promesa de poseer una Tierra Prometida.
En el Génesis encontramos que Dios prometió a Abraham que una gran nación descendería de él, y tendrían un lugar propio: la “Tierra Prometida” (Génesis 12:1-4). Así que Abraham reunió a su familia y sus posesiones y viajó a esta maravillosa tierra. Si la Biblia no fuera tan honesta como es en este relato, yo imagino que terminaría diciendo: “Llegó a Canaán y vivió feliz con todos sus descendientes para siempre. Murió a la edad de 175 años tras ver cumplidas las promesas de Dios”. Una historia envuelta en papel de regalo con un bonito moño y un final feliz.
Sin embargo, el relato nos dice que, debido a una gran escasez de alimentos, el pequeño pueblo de Dios abandonó Canaán para dirigirse a Egipto y allí la historia dio un giro dramático ya que el pueblo estuvo en esclavitud durante 400 años.
Pero, nunca olvidaron la promesa de Dios de un hogar propio. Imagino que se aferraron a esa promesa durante los días de trabajo agotador y malos tratos. Así que cuando Dios les liberó de la esclavitud a través de Moisés, ¡debieron de estar locos de felicidad! ¡Por fin se cumplía la promesa de Dios!
Si yo hubiera sido uno de ellos, habría esperado que me llevaran montado en un bien equipado y domesticado camello directamente a aquel maravilloso pedazo de tierra después de sufrir durante tanto tiempo. En lugar de eso, caminaron por un desierto durante 40 años. Y ahí es donde se encuentra muchas veces nuestra historia personal: en el desierto. Preguntándonos ¿qué pasó con la promesa de Dios? ¿Se habrá olvidado el Señor de su promesa? ¿Cuánto más tengo que esperar?
Yo he estado allí… en ese desierto. Es el lugar donde ya no es tan divertido obedecer. El plan de alimentación sana se hace difícil. Vivir con un hombre o una mujer con problemas emocionales es complicado. Criar a un hijo rebelde es frustrante. Escribir el cheque del diezmo causa preocupación. Perdonar a alguien que me ha traicionado es una idea descabellada y solo los muy santos logran.
En mis momentos en el desierto, me he encontrado albergando amargura, dudas, quejas y enojo con el mundo. Lo que consigo con esas respuestas: más tiempo en el desierto. Eso es lo que les ocurrió también a los israelitas. De hecho, se quejaron tanto, que Dios prohibió a toda aquella generación gruñona entrar en la Tierra Prometida.
Nuestro versículo clave nos muestra que Dios utilizó el camino del desierto para poner a prueba los corazones y el carácter de sus seguidores. No iba a ser un tiempo de sufrimiento inútil. Era un tiempo para demostrar confianza y obediencia. Si lo vemos así, el desierto puede ser un lugar de crecimiento personal. Esto es lo que ocurre cuando elijo confiar en que Dios cumplirá sus promesas a su manera y en su tiempo perfectos.
Oración
Querido Señor, Gracias por tu fidelidad al cumplir siempre tus promesas. Perdóname por las veces que he dudado de ti. Quiero tener paciencia fiel y un espíritu bondadoso durante el camino del desierto. Deseo ser obediente y hacer tu voluntad. Por favor, ayúdame. En el nombre de Jesús, amén.
Piensa y responde
¿Por qué es difícil confiar en que Dios cumplirá sus promesas? ¿Cuándo te es más difícil esperar en Dios?
Que Dios te bendiga es el deseo de mi corazón y mi oración.


