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El camino entre la promesa y su cumplimiento
marzo 12, 2024“Mi alma se aferra a ti; tu mano derecha me sostiene”.
Salmo 63:8 (NVI)
Recuerdo que estaba a medio camino escalando la cordillera cerca de Alamogordo, NM llamada “Dog Canyon”. Mis piernas y fuerzas en general ya no daban para más y me preguntaba cómo podría llegar hasta la cima y luego volver.
De pronto el desafío se convirtió en una cuestión de honor. Resulta que mi hija Lizzy participaba en el equipo de corredores a campo abierto de su escuela. Con la dirección de sus entrenadores habían decidido hacer una excursión a esa parte hermosa de las Montañas Guadalupe. Varios padres fueron para acompañar a sus hijos. Algunos más sabios que yo decidieron quedarse en sus vehículos o caminar por los senderos poco escarpados mientras sus muchachos iban y volvían. Yo en cambio me presenté como uno que iba a acompañar al equipo a subir la pedregosa montaña.
Digo que se convirtió en una cuestión de honor cuando los entrenadores me presentaron como el padre de Lizzy y quien los acompañaría. Aquí estaba a medio camino sin un gramo de fuerzas para seguir escalando. No sabía que otra cosa hacer, así que levanté mis ojos al hermoso cielo azul y desde lo profundo del alma le pedí a Dios que me perdonara por mi atrevimiento y le rogué fuerzas para seguir. ¡Fui el último en llegar, pero llegué!
Con los años he aprendido que subir una montaña no es lo único que me ha hecho sentir cansado, agotado y sin energías para seguir. La vida misma nos presenta desafíos y pruebas a nuestro carácter para resolver nuestras cuestiones de honor. Aunque hay que reconocer que muchos de estos asuntos de honor son impuestos por nosotros mismos por nuestro orgullo y vanidad pues no queremos parecer ni frágiles ni débiles. Tengamos cuidado y pidamos perdón a Dios por esto.
Hace unos años visité la famosa Cueva de En-gadi que es un oasis situado en Israel en la ribera oeste del Mar Muerto, cerca de Masada y de las cuevas de Qumrán. La aridez y el calor extremos prevalecen en esta región desértica durante la mayor parte del año. Sin embargo, es maravilloso ver una pequeña cascada de agua fresca que baja por la montaña y crea un oasis de agua cristalina y pura. Sucede así en la vida real que en medio de la tormenta aparece un arco iris y empieza a brillar el sol. En condiciones adversas siempre podemos acudir a Dios.
En el primer libro de Samuel 24:1-2 leemos que Saúl andaba a la búsqueda de David con el fin de acabar con su vida pues lo consideraba como la principal amenaza de su trono. Y nunca faltaron espías que informaran a Saúl sobre el paradero de David: “David está en el desierto de En-gadi. Y tomando Saúl tres mil hombres escogidos de todo Israel, fue en busca de David y de sus hombres, por las cumbres de los peñascos de las cabras monteses”.
Se cree que fue en esas condiciones de angustia por salvar su vida que David escribió el Salmo 63 del cual citamos su oración a Dios: “Mi alma se aferra a ti; tu mano derecha me sostiene”.
En términos sencillos, David estaba atrapado, sin recursos y sin fuerzas para seguir. Pero cuando las circunstancias amenazaban con derribarle, David invitó a su Salvador a que le sostuviera. En lugar de rendirse, miró hacia arriba. En vez de dejarse llevar por el pánico, oró. Nosotros podemos hacer lo mismo.
El ejemplo de David en el Salmo 63 nos recuerda que la oración no es sólo una receta para navegar sin sobresaltos. La oración es una decisión de buscar refugio en medio de la tormenta.
Orar no es simplemente clamar por nuestro camino; es elegir aferrarse a Aquel que conoce el camino. Aquel día cuando me encontré sentado en una piedra sin fuerzas para seguir subiendo la pedregosa montaña, hice algo más que aferrarme con las manos; me aferré con el corazón al poder de Dios. En lugar de concentrarme en lo escarpado del sendero, hablé con Aquel que podía calmar el dolor que había en mí.
Las Escrituras nos dicen que David también fue liberado finalmente de su “obstáculo que lo mantenía atorado”. Y a través de él, el Señor estableció un reino que nunca acabaría.
Tanto mi historia de subir la montaña como la de David en En-gadi tienen un final feliz. Sin embargo, lo más importante en ambas historias es el milagro que ocurrió en medio de ellas. Verás, incluso antes de que Dios cambiara las circunstancias de David y la mía, la oración cambió nuestra perspectiva. Lee el Salmo 63 y compruébalo por ti mismo.
Aunque David no entendía lo que Dios estaba haciendo, declaró en la oración que sabía quién era Dios. Al aferrarse a la Roca de su salvación (2 Samuel 22:47), la angustia de David se convirtió en adoración; su pánico dio paso a la paz.
Desde sus gritos desesperados en el versículo uno del Salmo 63 hasta su alabanza gozosa en los versículos siguientes, está claro que este futuro rey experimentó un cambio en su vida y un cambio de corazón.
Éste es el gran milagro de la oración. Puede que la oración no nos libere instantáneamente de nuestros problemas, pero nos libera para disfrutar de la presencia del Señor allí donde estemos.
Cuando elegimos aferrarnos con fe en lugar de desmoronarnos de miedo, descubrimos que no estamos solos. Incluso en nuestros pantanos y puntos muertos Dios está ahí, sosteniéndonos con su implacable gracia.
Oración:
Querido Dios, mi fe puede flaquear, pero tu fidelidad no. Mis fuerzas pueden flaquear, pero tu amor no. Enseña a mi alma a aferrarse a Ti. En el nombre de Jesús, amén
Reflexiona y responde:
¿Qué “obstáculo” te mantiene atorado y necesitas entregar al Señor? Dedica un tiempo a los Salmos y pide a Dios que te muestre más claramente Quién es Él. (Puedes empezar por los capítulos 42, 62, 63 o 103 de los Salmos).
Escribe tu propia oración de fe mientras te agarras de la mano derecha de tu Señor y Salvador.
Que Dios te bendiga es el deseo de mi corazón y mi oración por ti hoy.


